Sexto Congreso de comunistas cubanos: Nuevo modelo en la vieja pasarela

 

Por Reinaldo Escobar

Cuando en abril de 2011 se celebre el sexto congreso del Partido Comunista de Cuba se habrán cumplido trece años y medio sin que la militancia se reúna al máximo nivel. En todo este tiempo han pasado tantas cosas, el país ha sufrido tantas transformaciones, que un Informe Central, que recoja las incidencias y explique lo sucedido, se parecerá más al resumen de una autopsia que al típico examen triunfalista a que estamos acostumbrados.

Por eso más que un Congreso donde se aborden exhaustivamente los problemas políticos y las definiciones programáticas en todas las esferas de la vida nacional, este evento será otra ocasión desperdiciada en la que hubieran podido proponerse los cambios profundos que necesita Cuba. El único tema declarado de antemano es “la actualización del modelo económico del país”, ni siquiera se renovará el Comité Central, pues esos detalles de la vida interna de la organización junto a “otros asuntos de importancia nacional” quedarán postergados para la primera Conferencia Nacional del Partido prevista para el transcurso del propio 2011.

En rigor no se ha publicado una Convocatoria al Congreso, sino que el anuncio fue realizado por Raúl Castro como una incidental en el discurso donde se conmemoraba el décimo aniversario de un convenio entre Cuba y Venezuela. No obstante, a pesar de la informalidad implícita, todo estaba perfectamente coordinado lo que se demuestra con el hecho de que antes de las 24 horas ya se estaba vendiendo en los estanquillos de periódicos de todo el país un folleto titulado “Proyecto de lineamientos de la política económica y social” donde en doce capítulos, desglosados en 291 puntos, se responde en un lenguaje más técnico que ideológico una buena parte de las interrogantes que se han estado haciendo los cubanos con relación a su futuro.

Entre los puntos que más se debaten o sobre los que la gente formula más inquietudes pueden señalarse los siguientes: La decisión de dar por terminada la dualidad monetaria, el mayor quebradero de cabeza para los economistas del patio; la eliminación de la libreta de abastecimiento, que desde 1962 impone un racionamiento a los productos de primera necesidad; el anuncio de que las empresas estatales con una sostenida ineficiencia serán sometidas a un proceso de liquidación, la creación de mercados mayoristas y el otorgamiento de créditos a los trabajadores por cuenta propia, el incremento de facultades de autogestión para las empresas, la reducción de unidades presupuestadas, verdaderas sanguijuelas que vampirizan el presupuesto nacional; la eliminación de subsidios y gratuidades indebidas, la declaración de que se empezará a considerar la compensación, “al menos de los costos” de las colaboraciones solidarias brindadas Cuba en casi todo el mundo; la aplicación de nuevos precios a los productos agrícolas que respondan a la ley de oferta y demanda y la flexibilización de la compra, venta y arriendo de viviendas.

Claro que entre estas pepitas de oro abunda la hojarasca, por eso el folleto se inicia con una definición sobre el término Revolución hecha por Fidel Castro hace diez años y entre las primeras enunciaciones conceptuales se precisa que “solo el socialismo es capaz de vencer las dificultades y preservar las conquistas de la Revolución” y que “en la actualización del modelo económico primará la planificación y no el mercado.”

A pesar de las múltiples alusiones a erradicar el nocivo concepto paternalista del igualitarismo ramplón se aclara que la carga tributaria se aplicará con mayores gravámenes a los ingresos más altos “para contribuir a atenuar las desigualdades entre los ciudadanos”. Esta formulación a la que se le notaría un claro tinte de izquierda jovial en cualquier país del mundo, se lee en Cuba como un enunciado cuasi liberal, luego de tantos años de estar escuchando el discurso sobre la erradicación definitiva e irreversible de las desigualdades sociales.

Después de tanta espera de parte de los militantes y de parte de la ciudadanía, que sabe que este partido único es el que por ley rige los destinos de la nación, queda en muchas personas la desazón de no ver mencionados otros temas, entre ellos lo que se relacionan especialmente con la política, donde ocupa un primer lugar el deseo de que se despenalice la discrepancia y lo que tiene que ver con los derechos civiles, donde se incluye la libertad de entrar y salir sin restricciones del territorio nacional e incluso la de moverse dentro de la isla. Quedará pendiente también, como tarea para historiadores de un futuro remoto, la imprescindible crítica a los responsables de una infinita cadena de fracasos donde quedaron varadas las utopías de varias generaciones de cubanos.

El Congreso tampoco definirá si Raúl Castro seguirá siendo el segundo secretario del partido o si por el contrario asumirá formal y realmente la jefatura, que de forma nebulosa mantiene aún su hermano Fidel. Tal vez haya que esperar a la anunciada conferencia, que debía realizarse antes del congreso, pero que se hará después porque –según aclaró el propio Raúl Castro- los documentos del análisis económico estuvieron listos antes. Aquí tal vez habría que responder a la pregunta de qué era más conveniente si rehacer un Comité Central, menguado por las numerosas muertes, jubilaciones y destituciones ocurridas a lo largo de 13 años y con esa nueva tropa elite enfrentar los retos del Congreso o elegir uno nuevo, con Secretariado y Buró Político incluido, sabiendo cómo se comportó cada quien en las discusiones… detalles metodológicos sin importancia.

Se ha dicho que este congreso será precedido de un amplio proceso de discusiones que se extenderá por 90 días a partir del próximo primero de diciembre y que su aprobación definitiva solo tendrá lugar después de tomar en cuenta las opiniones y sugerencias que se recojan entre los militantes y la población. Me atrevo a vaticinar que ya están compuestos con anticipación los informes finales en los que se plasmará la idea de que este ha sido un evento histórico que marcará un hito sin precedentes en la historia de la Patria. Probablemente el fatigado redactor sólo tendrá que copiar y pegar algunos párrafos escritos para similares ocasiones en congresos anteriores, para con eso contentar el optimismo de ese indescifrable número de cubanos que mantienen viva la esperanza de que el sistema puede perfeccionarse.

Esta podría ser también la más importante adquisición de tiempo que le queda por delante a una dictadura familiar. Muchos apostaron a que este sexto congreso nunca se realizaría, hoy son más los que se atreven a afirmar que no habrá un séptimo.

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